lunes, 7 de abril de 2008

aparejando (1)


Como soy arquitecto técnico (o aparejador) voy a intentar hablar de lo que conozco, de vez en cuando y para variar.

Hace ya casi 10 años que trabajo como jefe de obra en proyectos de rehabilitación, remodelación y restauración. Hay muchas razones por las que estas disciplinas son apasionantes. Dentro del mundo de la construcción, en el que se habla demasiado a menudo de miles de metros cuadrados de parcelas, de urbanizaciones, recalificaciones, compras y ventas sobre plano y cómo no, de hipotecas y especulación, participar en obras que actúan sobre edificios que tienen cien años como mínimo es como situarse en un pequeño oasis. En muchos sentidos.

Para empezar, en un sentido geográfico. Los viajes en coche, para un jefe de obra, son algo muy habitual. Los desplazamientos de una hora o más para llegar a tu lugar de trabajo son constantes. Pero las obras de restauración, casi siempre, se ubican fuera de las grandes ciudades. Sobre todo las obras a las que normalmente accedo. Palacetes, fachadas emblemáticas, iglesias, monasterios y conventos, casas consistoriales o ayuntamientos, basílicas, parroquias, murallas, etc que se ubican en poblaciones más o menos pequeñas, pero en zonas rurales lejos de las aglomeraciones. Y el esquema se repite casi siempre de este modo: salir por la mañana, recorrer los kilómetros de afueras que te separan de la ruta hacia el pueblo al que te diriges, pasar el día a otro ritmo, en otra realidad diferente a la tuya, con otras problemáticas y otras conversaciones de café, más locales, más cotidianas, más cercanas...en ocasiones invitar al arquitecto o a la propiedad a esos restaurantes donde te sirven las especialidades locales a las que normalmente accederías programando un fin de semana con amigos (que se va retrasando casi siempre). El regreso, de noche en invierno, con música en el auto, te lleva por las mismas carreteras secundarias que recorres en la mañana, hasta llegar a las grandes vías y a casita. Entre la ida y la vuelta hay horas de trabajo donde, con más lentitud de la que deseas la mayoría de veces, observas el avance de las obras y coordinas su ejecución. Pero eso es común a todo tipo de obras.

A nivel profesional, este tipo de proyectos te permite encontrar personajes realmente peculiares, cada vez más raros, más intrigantes: los artesanos. Herreros, ebanistas, carpinteros (que no es lo mismo), vidrieros, estucadores, que trabajan en sus oficios desde hace mil años, que heredaron la empresa familiar y continúan con ella, que conocen cada uno su campo como el que más, y que son capaces de transmitirte con cada conversación un pedacito de su conocimiento. Y uno tiene la impresión que ese conocimiento viene de muy lejos, de siglos, de años luz a veces, y que circula por circuitos paralelos a la construcción actual, y que por algún capricho del azar uno tiene el privilegio de escucharlo y si quiere, de retenerlo para sí.

Lo mismo ocurre con los arquitectos autores de los proyectos para los que trabajo. También son seres raros, personajes que han decidido investigar Historia de cada lugar, antecedentes de los edificios que van a cambiar o conservar. Gente que eligió en algún momento dedicarse a definir el modo de conservar algo que llevaba ya muchos siglos existiendo, en lugar de participar en una gran promoción de viviendas adosadas. De estos arquitectos, y de la lectura de sus proyectos, que en la mayoría de ocasiones NO consisten en copiar y pegar y que son pura literatura, también robas conocimiento.

Y finalmente unos colectivos, el de los arqueólogos y los restauradores, que sin tener empresas familiares heredadas ni un oficio de siglos, lo han aprendido para mostrarnos la Historia del edificio mediante el análisis de restos y las técnicas de construcción de la época para con esas mismas técnicas, conservar los elementos arquitectónicos que, ya sean de piedra, hierro, madera o vidrio, otros podremos disfrutar durante algunos años más.

Todo ello genera que desde hace muchos años, por ejemplo, no sienta que los domingos por la tarde son grises o el final de algo, y que los lunes por la mañana me despierte la expectación de una nueva semana de caminos, viajes, personajes extraños y conversaciones amenas. Creo que es un gran privilegio, y aunque las obras son muy duras y tensas, y la presión y la responsabilidad en ocasiones excesiva, el envoltorio y el día a día se llena, alrededor de todos esos edificios antiguos, de un halo mucho más llevadero.

Sin duda alguna.

7 comentarios:

Emili Manrique dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Emili Manrique dijo...

Enhorabuena por esas palabras y por lo que transmiten. Nuestro día a día no podemos dejar que deje de emocionarnos de vez en cuando, como al leer este post. Felicidades.

María dijo...

Conozco el lugar de la foto!!! Más de una vez te acompañé a tus visitas de obra y conozco bien lo que escribes, la pasión que pones en las cosas que haces... Vaya que si lo conozco!! Me has hecho subir a los andamios de el monasterio de la foto para poder ver unos frescos que estaban restaurando, eso sí, con casco y me explicabas todos los procesos de la obra, un pilar que con los años se iba torciendo y al que había que ¿"apuntalar"? para sujetarlo bien al suelo, joder qué miedo me daba estar ahí, con tumbas en los piés... y tú, disfrutando cada segundo que pasabas en ese lugar tan maravilloso. En ocasiones, subías al tejado con un aire que casi te tumbaba, otras a penas podías llegar al monasterio por la nieve... pero siempre, en tu regreso me llamabas para contarme lo maravilloso que era aquél lugar. Gracias por enseñarme tanto. Te quiero

albertcue dijo...

Carlinhos: siempre has sido una persona apasionada e incorformista. Estoy totalmente de acuerdo en muchas de tus palabras y creo que debemos sentirnos afortunados en poder realizar el trabajo que nos gusta. Aún así hay veces que los mandarías a todos a freir espárragos...

sushi dijo...

hola! q tal? que gusto que visites mi blog y ahora yo el tuyo. Yo creo que ya no reconocerias cholala... cambia como por mes. Si estabas aqui caundo yo tenia 12 igual y nos cruzamos por las playas de zipolite, los dos sin afan exhibicionista.
Un beso

Eduard Conti dijo...

Gran post, Carlinhos! No es poden fer les coses bé sense posar-hi tota la passió i l'interès.

diego dijo...

una sugerencia, carlinhos.
vente a aparejar algo a granada.

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